El Alma del Paisaje

El Alma del Paisaje

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El Alma del Paisaje


Para entender la génesis de Antonio Camoyán hay que remontarse a una de sus pasiones: la pintura. Dentro de ella, el artista se ha sentido especialmente atraído por las obras de Mark Rothko y sus experiencias con los campos de color.  Sus cuadros trataban de “expresar las emociones humanas más elementales”. Podría decirse, por tanto, que esos cuadros constituyen verdaderos paisajes del alma. Unos paisajes que será bien distintos dependiendo de quién sea el que se sitúa ante ellos.

A simple vista, las fotografías de Antonio Camoyán guardan numerosas concomitancias formales con las obras de Rothko. En nuestro caso, el fotógrafo ha detenido su mirada sobre suelos, paredes y perfiles de los alrededores del río Tinto y los ha captado en toda su rotundidad dando la voz a la propia tierra que nos muestra una inaudita riqueza cromática, un extenso abanico de verdaderos campos de color en los que además es bien perceptible la diversidad de texturas. Un tipo de paisajes del río Tinto que la cámara observa en primer plano y que no hubieran dejado de impresionar al propio Mark Rothko.

Rothko afirmaba que su intención era la de ofrecer peculiares paisajes del alma. En el caso de Antonio Camoyán bien podríamos invertir el sentido de la frase para concluir que sus fotografías nos muestran El Alma del Paisaje. De un paisaje esencial en el que la naturaleza da origen a uno de los lugares más originales de nuestra geografía. Estas imágenes del Tinto consiguen en nosotros un efecto análogo al de los mejores cuadros de Rothko: con ellas su autor nos muestra su personal y acertada visión de la naturaleza. Una visión expresionista que invita, al igual que aquellas pinturas, pero mediante la fotografía, a la contemplación introspectiva y silenciosa de esos campos de color naturales que estallan ante nuestros ojos.

Juan Diego Caballero
Catedrático de Historia del Arte.